Wednesday, December 28, 2005

Abro este Blog con mi primera incursion en lo que ...

sigo experimentando...

Saturday, December 24, 2005

Abro este Blog con mi primera incursion en lo que se convertiria en el taller de escritura de Psicofxp, espero que la disfruten

Lo Perdido

Se levantó del mullido asiento del ómnibus, encaminándose hacia la puerta. Segundos antes de descender, retrocedió unos pasos, observó el vacío dejado por su cuerpo en el asiento y siguió su camino. La tarde era fría, la humedad se hacía sentir calando hasta los huesos. La calle estaba casi vacía a esa hora de la mañana, aún las personas de la ciudad no salían hacia su trabajo y el sol apenas se insinuaba con un brillo blancuzco detrás del horizonte. En el firmamento la luna se hallaba repleta de su lechosa esencia acompañada del lucero que comenzaba a menguar ante el impertinente avance del astro regente. Alicia se apretó los brazos con manos enfundadas en los gruesos guantes de lana de alpaca, recuerdo de sus lejanas vacaciones en el alto Perú. Evocaba con nostalgia las calles atestadas, la afluencia de culturas que comenzaba a infectar ese rico paraíso cultural. Pero los recuerdos comenzaban a entremezclarse con otras imágenes, las tardes pasadas en la playa durante los veranos de la infancia, el insensible sol de las montañas en el pequeño pueblo de “Coihues” donde pasara sus últimos veranos. Todo comenzaba a confluir de forma extraña, como si solo un destino fuera latente en sus pensamientos. Al llegar a la plazoleta frente al vetusto convento “La eterna misericordia” se detuvo en una de las amplias bancas de piedra. Su superficie fría le pareció desagradable, pero ahora el sol se elevaba sobre la tenue capa de nubes gris azulado que comenzara a formarse sobre el horizonte, bañando su rostro y cuerpo con un ligero toque de calor invernal. El viento había cesado, la invitación fue aceptada, cerró los ojos y comenzó a soñar despierta en ese paraje rodeado de grandes Tipas y Alerces; bañada por el aire frío en una danza continua con las amarillas hojas que aún se negaban a morir. Recordaba con afecto la tarde de verano en que escalara por primera vez la Sierra de la Ventana, los compañeros con quienes había asistido, todos varones, se mofaron de su insistencia. Solo ella creía en sus habilidades, en el potencial que llenaba su cuerpo y espíritu. En aquella oportunidad les demostró cuan equivocados estaban en ver solo su sexo. Había más en ella que solamente una niña, una pareja o una madre. Sintió el cuerpo bajo las capas de tela, era pequeño carente de los atributos que los hombres buscaban en una amante. Pero eso no era lo que Alicia pedía de los hombres, su compañía solo era para ella un aliciente para continuar con el destino que se había marcado.Se sacó los guantes y observó detenidamente sus manos con los ojos de la memoria. Amplias palmas de largos dedos blancos como piezas de mármol finamente esculpidos. Uñas cortas, casi masculinas, limpias de esmaltes. Tocó su rostro con manos frías, piel suave, impoluta, sin un detalle que arruinara su naturaleza. Ni un rastro de los maquillajes que otras mujeres emplearan para ocultar su atractivo natural, la piel carecía del toque pegajoso de las bases y el sucio de los polvos. Abrió los ojos en cuanto el reptar se hizo evidente. Sobre el dorso de su mano una gorda oruga extendía todo el largo de su cuerpo, atravesando la blanca piel de Alicia. El color de la oruga era dorado como el sol con pequeñas motas negras como ojos redondos a todo lo largo del dorso. Alicia la tomo por las secciones medias de gomosa sustancia y observó al insecto con ojos glaciales. En ciertos momentos se sentía como la oruga atrapada entre unas manos frías que la empujaban contra su naturaleza, pero no más, nunca más.Apretó el pequeño cuerpo en su palma, ahora endurecida, y se dispuso a continuar el camino del día. Mientras se alejaba del granítico banco, volvió sus pasos un segundo, observó el vacío dejado por su cuerpo y continuó la marcha. El día fluyó con la rapidez y fuerza de un vendaval, pero al llegar la noche poco de él quedaba impreso en Alicia, solo sensaciones aisladas, un encuentro, una reunión y la sensación de un viaje que se extendía hasta el infinito. Un viaje que continuaba. Alicia se dispuso a regresar, pero no sabía a donde. Tampoco recordaba donde se encontraba, de alguna forma había perdido la conciencia de su locación en el mundo. ¿Perú, el mar, la montaña…? Un asiento mullido en un ómnibus indeterminado, la dura superficie de una loza de granito. Se sacó los guantes, la mano derecha estaba fría, tiesa. La superficie de la blanca piel cubierta de una sustancia sucia y mucosa. Acercó la palma a la boca y besó el contenido con una caricia. Se puso de pie y observó el lugar en que se encontraba. Era un salón de lectura tan amplio que sus extremos no eran visibles entre las capas de negrura. Enormes escritorios de lectura deslumbraban con el brillo ambarino de las pequeñas lámparas que iluminaban su superficie. No tardó en notar que se encontraba sola, aunque poco hubiera importado que el salón estuviera repleto de gente. Delante de ella varios tomos se extendían abiertos, libros de tapas desgastadas y mohosas. Leyó los títulos, pero no le dijeron nada, en Perú no se hablaba latín. La trasmigración del alma le decía poco, así como también los ensayos sobre la memoria corporal que hacía instantes contemplara con sumo interés.Se apartó confusa, su cabeza pesada repleta de ideas contradictorias. Antes de salir del salón retrocedió hasta donde se encontraban los libros, observó el vacío dejado por su cuerpo y continuó su camino. Al cruzar el umbral le deslumbró la fuerza del terracota en la piel de los transeúntes, el mercado se hallaba repleto de turistas y más allá la risa de los escaladores le inflingía el dolor de la burla. Decidió alejarse a tiempos más remotos, y al girar una esquina el rugido del mar la recibía con la brisa cargada de espuma salada. Por un momento recordó las palabras que había entonado allí, en el obscuro salón, antes de ser completa. Dio la vuelta y observó todos los lugares en que había estado, Coihues, Perú, el mar, el mullido asiento en el ómnibus, la dureza del granito. Todos se entrelazaban en una cadena infinita y continua que se extendía más allá de ella como Alicia, como un ser humano, como un ser. Vio todos los espacios llenos con su cuerpo, cada vacío ocupado por su materia. Había recuperado lo perdido. Y fue, y es, y será, todo en uno y uno en todo.